En un nuevo aniversario de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, recordamos la historia de la Ruta 3. Una epopeya vial donde el conocimiento de los pueblos originarios fue la clave para atravesar los Andes sin romper el pulso de la naturaleza fueguina.
Por Redacción Agenda Verde
Hoy, Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur celebra 35 años de vida provincial. Es un momento para mirar hacia atrás y entender cómo se tejió la conectividad de nuestro territorio. En una isla dividida por la imponente Cordillera de los Andes, unir el norte estepario y ganadero de Río Grande con el sur boscoso y marino de Ushuaia parecía, a principios del siglo XX, un desafío imposible. Ambos puntos partían desde el nivel del mar, y el corazón de la isla permanecía resguardado por picos nevados, turberas y valles impenetrables.
La respuesta a este enigma vial no la tuvieron los mapas modernos, sino la memoria de la tierra.
Paka: la memoria hererada de los Haush y los Selk’nam
Para abrir una carretera, primero había que encontrar un paso natural. Tras intensas prospecciones sin éxito, la clave llegó en el verano de 1935/36 de la mano de un empleado de la Dirección Nacional de Vialidad: Luis Garibaldi Honte.
Garibaldi era de la parcialidad manekenk de los selk’nam, y su nombre aborigen era Paka. Su infancia estuvo marcada por el dolor del genocidio indígena; quedó huérfano luego de que buscadores de oro mataran a su padre. Fue criado por su madre, Honte, y por su abuela. Fue justamente su abuela quien le transmitió un secreto ambiental invaluable: la existencia de un paso natural que los antiguos Haush utilizaban desde hacía siglos para cruzar la cordillera a pie, respetando los corredores biológicos y la geografía del lugar.
El origen de un apellido: Lejos de homenajear al prócer italiano Giuseppe Garibaldi, su apellido nació de una humorada cotidiana. A los 11 años, el sacerdote italiano José Stroppa lo mandaba a buscar agua a la cocina diciéndole en su cocoliche: «Gare balde e tráiga l’ acqua» (Agarrá el balde y traé el agua). El modismo “Gare balde” se transformó en “Garibaldi”, una anécdota que el propio Luis —quien llegó a ser candidato a concejal por la UCR en 1963 y falleció en 1981— siempre reconoció como real.
Partiendo desde el Lago Escondido, y guiado por los relatos de sus ancestros, Paka logró dar con el lugar ideal. No inventó un camino: tradujo la sabiduría indígena al diseño de la conectividad moderna.
De la huella de herradura al “Camino Nuevo”
Gracias al hallazgo de Garibaldi, el Estado nacional inició la obra en 1948. El tramo del paso cordillerano quedó bajo la responsabilidad del ingeniero Enrique Azzaro, decano de los ingenieros viales del país (fallecido en 2006 a los 92 años).
Trabajar en el ambiente fueguino implicaba adaptase al clima extremo, las nevadas imprevistas y la roca viva. Tras años de esfuerzo, en noviembre de 1956 se logró la histórica unión física con los equipos que avanzaban desde el norte.
Esa variante primitiva, que pasaba frente a la emblemática Hostería Petrel y que hoy conocemos con nostalgia como el “Garibaldi Viejo”, funcionó durante más de una década. Entre 1968 y 1970, gracias a los fondos de la «Alianza para el Progreso», se construyó el trazado actual —el “Camino Nuevo”—, optimizando la seguridad pero manteniendo el mismo espíritu de cruce que Paka había descubierto.
Un hito ambiental en el corazón de la provincia
Hoy, a 35 años de la consolidación de nuestra provincia, el Paso Garibaldi (el punto vial más alto de la Ruta Nacional 3, a unos 450 metros sobre el nivel del mar) es mucho más que un mirador turístico imponente desde donde se contemplan los lagos Fagnano y Escondido.
Desde la perspectiva de Agenda Verde, el Paso Garibaldi es un recordatorio de que el desarrollo de la infraestructura humana debe dialogar con el entorno. La ruta copió el sendero que los pueblos originarios trazaron tras siglos de observación ambiental, buscando el menor impacto posible en el ecosistema de bosque andino patagónico.
Celebrar a Tierra del Fuego es también celebrar a personas como Luis Garibaldi Honte. Su historia nos demuestra que para proyectar el futuro sostenible de nuestra isla, la mirada ecológica más acertada suele encontrarse en las raíces de quienes aprendieron a escuchar a la naturaleza antes que nadie.


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